domingo, diciembre 25, 2005

DERECHO A LA VIDA (14-4-03)

¿Quién se puede sentir con derecho a decidir si una persona debe o no vivir?

Ni el asesino, que con o sin premeditación arrebata la vida; ni el parricida, que decide si su mujer o algún miembro de su familia debe seguir en este mundo; ni la enferma homicida que apuñaló con un cuchillo a diestro y siniestro,... ni tantos otros casos que se escapan al conocimiento del mundo.

Pero tampoco tienen derecho a decidir sobre la vida de otro: ni las leyes, las haga quien las haga; ni la justicia, sea el juez que sea; ni un gobierno, sea dictatorial, democrático..., ni por ideas, creencias o religión.

No puede permitirse que a alguien por haber secuestrado un barco, se le juzgue y se le condene a morir fusilado. Casi siempre, en los gobiernos dictatoriales, las penas en realidad no son penas o castigos, son actuaciones llevadas a cabo para que sirvan de escarmiento al resto de la población y así comprueben qué les puede suceder si osan revelarse al movimiento político del momento. O que una mujer por haber tenido un hijo fuera del matrimonio y debido a absurdos motivos religiosos, se la condene a muerte por lapidación. Una pena que en muy pocas ocasiones se perdona, ni siquiera por la presión internacional. Presión internacional reclamada (y que se debe reclamar) por organizaciones no gubernamentales u otros grupos, que curiosamente también forman el llamado movimiento antiglobalización, movimiento que solicita a la comunidad internacional que no “meta las narices” en los mismos países que cometen estas barbaridades. ¿Contradictorio verdad?

Pero no es necesario irse a casos tan extremos, porque alguien puede pensar que estos casos se deben al subdesarrollo legal y mental que aún existe en muchos países. Entonces vayámonos a países más “desarrollados” que aún practican la pena capital con instrumentos como la silla eléctrica, la inyección letal, la horca, la cámara de gas... y otros peores que se ocultan al conocimiento de la opinión pública.

Países que han llamado bárbaros a otros a lo largo de la historia, cuando ellos vienen a hacer exactamente lo mismo que sus predecesores. Además, ¿no se dan cuenta de que condenando a muerte a un asesino se ponen a su mismo nivel? Provocando con esto en la familia del condenado, el mismo sufrimiento que haya ocasionado él a la familia de su víctima.

Y por su puesto, los delitos no pueden ni deben quedar sin castigo. Entiendo que no tiene que ser nada fácil, saber que castigo imponer a aquel que arrebata la vida. Pero, por lo que veo la más fácil y rápida para algunos es pagar con la misma moneda, imperando así, incluso en los países más “avanzados” legalmente, la misma ley que existía en las antiguas civilizaciones: la Ley del Talión.

Podemos recordar a ilustres condenados a muerte por motivos religiosos o de otras índoles: Sócrates, Miguel Servet, Juana de Arco... y otros no tan ilustres pero conocidos por sus barbaridades: Javed Iqbal (Paquistán), José María Jarabo (España)...

Por todo esto y mucho más, he llegado a la conclusión que en este mundo... en el nuestro, en el que hemos ido creado por los siglos de los siglos, hay algo que no funciona... Que la humanidad, sea por la ley del más fuerte o por naturaleza, tiene algo que no permite vivir en paz a los hombres.

Deberían entonces buscarse soluciones para no atentar contra el más sagrado de los derechos: el Derecho a la Vida. Un derecho reconocido tanto por la ley de los hombre como por la ley natural, aunque Sócrates decía que todos estamos condenados a muerte por la naturaleza.
©®Diana Rodrigo Ruiz

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