CUANDO LAS SARDINAS VUELAN(30-3-2004)
Ayer, bien temprano por la mañana, vi a un niño de unos siete u ocho años mirando fijamente al cielo. Al principio pensé que sería por el pesazo enorme que llevaba al ir cargado con aquella titánica mochila que le colgaba por debajo de las rodillas –y no exagero–, por lo que aprovecho la ocasión para recomendar a sus padres esos carritos tan prácticos que se sacaron al mercado hace ya unos cuantos años para llevar los innumerables libros que ahora llevan los críos.
Pero después, al mirar yo también hacia arriba y comprobar que no estaba buscando ninguna estrella, ni tan siquiera fuera por el efecto que ejercía la gravedad de la tierra sobre aquella mochila, empecé a comprender la sonrisa de aquel chiquillo somnoliento... descubrí entre las nubes un “minúsculo” avión blanco que volaba “lentamente” en dirección contraria a mí. Entrecomillo minúsculo y lentamente, porque aquí en tierra firme los aviones no parecen lo que son en realidad, y menos para la mente de una persona de siete u ocho años.
Algunos menos tenía yo cuando empecé a querer ser azafata de aviones. Cada vez que veía un avión atravesando el cielo me imaginaba pasear por sus largos pasillos con una falda de tubo marcando curva. Aquella masa blanquecina que empañaba el firmamento me fascinaba. Y como la imaginación de los niños salta con cualquier cosa, en la mía surgían hasta las palabras:-"!Desean algo!...¡Señores pasajeros les informamos...!".
Todas aquellas frases desdibujadas en mi mente infantil me hacían sentir bien, y yo, como una tonta, los miraba sonriente, absorta en mis pensamientos, hasta que normalmente mi madre me tiraba del brazo y toda aquella fantasía se esfumaba.
-“Esta chiquilla hay días que se levanta y se sienta en la terraza y no para de mirar al cielo, y cuando ve un avión me grita llena de excitación. ¿Estará enferma?”-Decía mi madre. Yo la miraba y según me cuenta ella, me encogía de hombros y conseguía hacerla sonreír. Sólo recuerdo que volar era mi sueño dorado por aquella época, volar por aquel cielo azul tan inalcanzable y voluptuoso.
Sí, era mi sueño, incluso después de que mi madre me llevara preocupada al psicólogo, para que él dictaminara que tan sólo padecía una simple obsesión infantil transitoria, que aseguraba se me pasaría con la edad. Incluso después de que mi abuela ejerciera de tal, con sus sabios consejos:
“Ven, siéntate a mi lado –me dijo un día– mira al cielo. Todo él es agua y esos centelleantes aparatos son los peces que nadan dentro... son bonitos ¿verdad? Pero mira aquí al suelo y contempla lo que te rodea, es más bello aún. Allí arriba esos cacharros sólo echan humo y sus ocupantes van vestidos de azul, son pequeñas sardinas tragadas por ese gran pez, y vuelan con él... pero hija mía que ellas no vuelen nunca en tu cabeza.”
Pero a pesar de aquellas hermosas palabras y de las incompatibilidades que jamás me permitirían enfundarme aquel traje azul de azafata (la altura, mi incompatibilidad con el aprendizaje de idiomas, miedo a las alturas, etc) en algunas ocasiones he seguido volando. Ayer fue otra de esas veces, y no creo que sea la última, porque seguro que volveré a encontrarme con la absorta mirada de otro niño o niña que me descubra la maravilla que se produce cuando las sardinas vuelan.


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