viernes, mayo 12, 2006

MI PRIMERA VEZ(4-10-2005)

Dicen que siempre hay una primera vez para todo, de algunas nos acordamos y de otras no: reír, llorar, escuchar, amar, comer, viajar… en esta ocasión el verbo que lo define es volar. A mis veintisiete años recién cumplidos, por primera vez en la vida me he montado a un avión. Curiosamente uno de los motivos de realizar un viaje a estas alturas del año, donde en casi todos los puntos de la península hace un frío especialmente desagradable y es casi imposible ver a turistas recorriendo las calles de las más recónditas ciudades, ha sido el de experimentar el hormigueo en el estómago al iniciar el ascenso.

Iba con un par de amigas, que generosamente me cedieron la ventanilla –ellas ya había disfrutado del paisaje diferente desde algunos kilómetros de altitud- posteriormente y después de ponerme el cinturón, así como también un poco nerviosa debido a las exhaustivas explicaciones de las azafatas en cuanto a medidas de seguridad me propuse cámara fotográfica en mano –algo prohibido, que supe después- a disfrutar del espectáculo desde el aire y de todas sus sensaciones.

En el ascenso una mezcla de nerviosismo, hormigueo (anteriormente explicado) y excitación recorren como un calambre eléctrico toda la espina dorsal y el estómago. Después y pegada al asiento la tierra comienza a encogerse y todo hacerse diminuto: los coches, los edificios, las montañas, los pueblos al completo, los ríos… hasta convertirse el manto terrestre en una piel fragmentada en diferentes tonalidades –la perspectiva aérea es maravillosa- lo más sorprendente son las zonas de cultivo cereal tan amarilla y ocre en ésta época del año: parecen pedazos de pan a cuarterones.

Otra delicia es comprobar como asciende el avión entre las nubes si está el cielo encapotado, y como un mar algodonoso reina todo el horizonte, entonces el sol en su reflejo describe multitud de formas.

Durante el viaje, sólo puede causar impresión y no percibir suelo firme si el aparato planea de un lado hacia otro, entonces desde la ventanilla puedes ver como el ala asciende de arriba abajo buscando giros y la mayor estabilidad posible.

Quizá lo que más impresione sea el descenso, ya que a ello se añade la sensación de nerviosismo+hormigueo+excitación y una percepción de embotamiento en la cabeza y los oídos. Entonces el morro del avión mirando hacia abajo va ofreciendo de nuevo el espectáculo de colores, sensaciones y paisajes en continuo incremento…

Las nubes desaparecen, los ríos y las montañas cada vez son mayores y la llanura vuelve a extenderse completa y enorme. En el descenso del avión, si has conseguido no marearte –como es mi caso- y vuelves a pisar tierra firme tienes la tentación de realizar aquel ritual que llevaba a cabo nuestro anterior Papa: besar la tierra.

Conclusión y valoración de mi primera vez en el verbo volar: una experiencia estupenda que espero repetir próximamente, o al menos intentarlo… Y animo a aquellos que no lo hayan hecho a que lo hagan siempre con seguridad, mientras yo me despido…volando voy, volando vengo, vengo.

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